sábado, 12 de julio de 2014
lunes, 7 de julio de 2014
Loreena Mckennitt - The Old Ways - Subtitulada
Como la compositora de esta hermosa y nostálgica canción, esto es lo que Loreena dice sobre "Las viejas costumbres": "Pasé una noche de año nuevo de lo más nostálgica en Doolin, County Clare, Irlanda, varios años atrás. Y me sentí conmovida por la antiguedad de algunas de las celebraciones. Allí sentí vestigios de quienes podrían ser los pocos que quedan del viejo mundo chocandose con el "nuevo".
Para comprender el significado de esta canción completamente, ayuda mucho saber que en la cultura irlandesa, el término "Las viejas costumbres" tiene un significado especial para un pueblo muy orgulloso. Las viejas costumbres se refieren a una rica y casi olvidada historia y cultura, incluyendo el lenguaje, la religion, la escritura, y la mitología.
Entonces, mientras que la letra sugiere los recuerdos de un amor perdido, en una perspectiva más profunda, en realidad refleja los recuerdos de una cultura que va desvaneciendos cada vez más.
Para comprender el significado de esta canción completamente, ayuda mucho saber que en la cultura irlandesa, el término "Las viejas costumbres" tiene un significado especial para un pueblo muy orgulloso. Las viejas costumbres se refieren a una rica y casi olvidada historia y cultura, incluyendo el lenguaje, la religion, la escritura, y la mitología.
Entonces, mientras que la letra sugiere los recuerdos de un amor perdido, en una perspectiva más profunda, en realidad refleja los recuerdos de una cultura que va desvaneciendos cada vez más.
miércoles, 18 de junio de 2014
domingo, 15 de junio de 2014
sábado, 14 de junio de 2014
jueves, 12 de junio de 2014
miércoles, 4 de junio de 2014
Vivir con Agorafobia
Vivir con agorafobia
La palabra procede de los términos
griegos (Agora) plaza y (Phobos) miedo.
Mucha gente confunde la agorafobia con
el miedo a los espacios abiertos, como su propia palabra indica, pero
la agorafobia abarca muchas más situaciones que esos espacios.
Las personas con agorafobia tendemos a
evitar situaciones y espacios que nos puedan generar crisis de pánico
o ansiedad, no solamente la calle, también pueden ser los
supermercados, los autobuses o transportes públicos en general,
lugares públicos como cines, bancos, restaurantes, comidas y cenas
sociales y otros muchos eventos que requieran de salir del “espacio
seguro” que es normalmente la casa.
Supongo que gran parte de la agorafobia
se produce por algún tipo de fobia social.
Hay varias causas que pueden llevar a
una persona a padecerlo, en mi caso, recuerdo como poco a poco, el
miedo y la inseguridad fueron ganando cada vez más espacio en mi
vida, hasta mirarme y no reconocer la persona en la que me estaba
convirtiendo.
Recuerdo que había calles por las que
cada día me costaba más pasar y un día, al pasar por una plaza
tuve un tremenda crisis de ansiedad y tuve que sentarme en un
bordillo. No podía seguir adelante ni volver para atrás, se me
aceleró el corazón, empecé a sudar y a perder el control de los
pensamientos, que alimentaban más el miedo y llegué a pensar que
perdía la conciencia allí mismo y lo peor de todo, delante de toda
la gente.
Menos mal que por entonces ya existían
los móviles y pude llamar a alguien para que viniera a buscarme,
porque me veía incapaz de dar un paso más. Con su ayuda, agarrada a
su brazo y con los ojos cerrados pude salir de aquella plaza, que, para
mi sensibilidad en ese momento, tenía demasiada luz. Odio los suelos
blancos.
Otras tantas en el supermercado, de
hecho, creo que es el peor sitio para mi, y lo peor del super, la
cola, ese momento en el que paras y observas los pasillos, la gente,
el movimiento, de pronto empiezas a perder el equilibrio y toda tu
obsesión es dejar la compra allí mismo y salir corriendo.
Una vez me desoriente en una mediana en
la que habían hecho un parque, entre carretera y carretera, si, en
una recta. Iba paseando al perro cuando me dio una crisis y al
intentar salir me desorienté y “me perdí”. Solo había tres
salidas, al principio de la recta, en el medio (una verja que había
caída), y al final, también tuve que llamar por teléfono para que
me sacaran de allí.
Luego había calles curiosas, por
ejemplo, cuando iba a trabajar, a la ida rara vez me daba una crisis,
aunque alguna vez si que me dio, sobre todo cuando empezaron a darme
más a menudo, pero a la vuelta, casi siempre, había un punto de esa
misma calle que me provocaba crisis.
Hay gente con agorafobia que son
incapaces de salir al campo, en cambio, a mi en los pueblos pequeños
y en el campo nunca me ha dado una crisis, al contrario, es donde
mejor me siento, incluso mejor que en casa.
Soy una persona a la que le gusta la
gente, pero reconozco que tengo que beber o estar medicada para poder
sociabilizar a gusto y esto es un gran problema, es un problema
enorme.
Salgo a casi cualquier sitio, aunque de
algunos de ellos me he tenido que ir, pero no será por no
intentarlo. Pero no queda muy bien eso de tener que largarte en una
sobremesa o a mitad de una comida, como alma que lleva el diablo,
porque de pronto te encuentras temblando y con una taquicardia en
medio de un montón de gente y no sabes muy bien que hacer o decir,
para que no piensen que es una estupidez que te pase eso con ellos,
al fin y al cabo ellos no han hecho nada, es todo una lucha interior
con tus propios demonios.
Al final me encuentro sin poder salir
sola ni a tirar la basura, siempre tengo que ir acompañada de
alguien conocido, lo cual no evita siempre que me de una crisis, pero
me da más seguridad.
Esto va limitando y arrinconando la
vida hasta puntos realmente dañinos para la cabeza.
Y entre todo esto yo solo quiero volver
a ser esa persona, que podía jugar sola y que podía andar sola por
cualquier parte sin necesidad de nadie, porque, a fin de cuentas, lo
único que tiene durante toda su vida uno es a uno mismo y si nos
perdemos en los miedos, al final la vida nos pasa de largo delante de
nuestras propias narices sin poder hacer nada de lo que realmente
queremos hacer, aunque realmente lo que queramos hacer sea salir solos a comprar el pan, o dar un paseo en bici hasta el pinar. Esas
pequeñas grandes cosas...
viernes, 23 de mayo de 2014
miércoles, 14 de mayo de 2014
¿Qué te gusta de ti?
Hace unos días, ante el “incesante
optimismo” que me suele acompañar desde que tengo uso de razón,
un amigo me dijo;
-dime algo de ti que te guste, tras
pensarlo un rato le contesté
-¿mi oreja derecha?
-no, algo tuyo no físico, me replicó
Al momento sabía lo que no era físico
y me gustaba de mí, pero es algo que solo se siente, algo para lo
que todavía no he encontrado una palabra, algo que no se puede
definir, solo sentir.
Tic tac, -demasiado tiempo en
contestar, me dijo. Yo callé, como callo siempre en estas
situaciones.
Si no tratáramos de ponerle una
palabra a cada cosa, tal vez, hubiera entendido el significado de mi
silencio.
Se que ignoro muchas cosas.
Para los intelectuales puedo pasar por
una persona inculta y para los espirituales como una persona triste,
con demasiadas sombras y fuera ¿del camino?. Pero aun así me siento
una persona plenamente espiritual, aun sin conocer las religiones.
Creo que la gran memoria que he tenido
hasta hace unos años ha sido en parte responsable de este modo de
vida, tan a la vista y tan escondido.
Dicen que si quieres esconder algo de
ojos ajenos, solo tienes que ponérselo delante. Lo tengo más que
comprobado. Al final, solo encuentra el que realmente busca, y para
el que realmente busca, no es tan costoso encontrar.
Mi gran memoria me ha permitido seguir
siendo una niña durante toda mi vida, no olvidar esa forma de
sentir, recordar tantos detalles de tantas cosas. El único problema
es que de niña era una vieja, porque ya de niña recordaba tantas
cosas de a saber qué persona... pero eso es otra historia.
Para explicar el mundo tal como lo
entiendo voy a poner nombres, a mi manera, a las cosas y situaciones.
Por lo general me veo rodeada de ruido.
Para mi el ruido son las personas, los coches, las casas, los
comentarios, el asfalto, los relojes, las normas establecidas porque
si, los juicios, los prejuicios. La gente y las cosas de la gente.
Son como interferencias que me desconectan de lo que realmente me
gusta de mi, que curiosamente es algo que no es mio, aunque soy yo,
pertenece a todos o todos le pertenecemos.
No se si es hombre o mujer, dios o
diosa, porque invade con dulzura femenina y atiza con brusquedad
masculina, aunque generalmente la prefiero ella.
Dicen que las caídas tienen sus
recompensas, que enseñan lecciones y yo como nací ya vieja, ya
caída, viví con mi recompensa por adelantado, aunque a lo largo de
los años me fui dejando arrastrar por el ruido.
Recuerdo muchas veces en mi vida esa
sensación, pero recuerdo más especialmente una ocasión en la que
el ruido me aplastó por completo y mi cabeza empezó a rumiar con la
misma cabezonería de siempre la idea más oscura y recurrente, con
la que he aprendido a vivir.
Iba paseando por una playa del sur, con
todo mi ego hecho trizas. Era de noche y la luna llena brillaba en el
horizonte de la playa. Lloraba y miraba el agua, recordando un poema
de Bécquer.
Me sentía tan mal que pensaba que
podía llegar a llorar toda ese agua y más, y tonta de mi, se lo
contaba a la luna.
La tristeza se convirtió en rabia y la
rabia en odio y noté como el corazón golpeaba con fuerza, entonces
grité hacia dentro, sin hacer el menor ruido, como queriéndole
gritar a la arena de la playa, al agua y a la luna para que me
escucharan.
La casualidad quiso que en ese momento
se levantara una pequeña brisa que parecía acariciarme la cara, no
se por qué aquello me hizo sentir mejor.
Todo el ruido paró de repente. La
brisa siguió acariciando mi cara, mi pelo, mi propio pelo acariciaba
mi cara. El sonido de las olas era el único sonido que podía oír y
la luna, testigo de todo ello parecía iluminar mi noche.
Entonces sentí que mi percepción del
espacio cambiaba, era como si pudiera ver y sentir todo lo que me
rodeaba, incluido lo que estaba a mi espalda. Era como mirarlo todo
desde un sitio concreto, pero sentirlo desde todas partes. Noté que
todo eso era una presencia, una presencia que lo abarcaba todo y al
hacerme parte de ella me hacía sentir un amor indescriptible,
incluso por mi misma. Tenía los sentido totalemente despiertos, la
mente totalmente despierta, creo que podría haber volado con tan
solo haberlo pensado. Seguí el paseo y al llegar a los sauces, estos
mecieron también sus ramas acariciándome según pasaba entre ellos.
¡Dios!, era como si en mi desesperación hubiera dado un golpe en la
tierra y ésta hubiera despertado de repente y me hubiera contestado.
¿Estaba haciendo el amor con la
tierra?. Permanecí en esa especie de onanismo hasta que el ruido
poco a poco,me devolvió a la conciencia de siempre
No ha sido la única vez que me ha
pasado esto, aunque si es la que recuerdo con mayor intensidad.
En ese momento no pude contestar a mi
amigo pero es que el tiempo que tarde en ponerle palabras a una cosa
que al final quedará rebajada a eso, palabras, es solo más ruido, y
muchas veces prefiero saltarme las normas. Pero si, hay cosas de mi
que si que me gustan.
sábado, 3 de mayo de 2014
Hay una soledad terriblemente salpicada
de gente, tanta gente...
Hace tiempo, cuando todavía creía en
los cuentos, trataba de amasar amigos, como quien amasa una fortuna.
Pero el tiempo pone cada cosa en su
sitio y al final llega lo inevitable, la muerte, ya sea física o
simbólica, siempre hay un agujero esperando donde has de ser
enterrado.
No hace falta morir físicamente para
descubrir el olvido, a nadie le gusta salpicarse de sombra...
Te conviertes en una especie de ser
invisible, alguien a quien evitar, un enfermo de mundo.
La enfermedad de mundo es a veces
contagiosa, requiere de abrir los ojos, eso es algo terriblemente
doloroso y costoso.
Y en este trance uno está mejor en
silencio, ese silencio que requiere otro tipo de soledad, la soledad
buscada, aquella que no está llena de gente y ruido, donde te
encuentras a ti mismo y nada se espera de todo lo que bulle fuera de
ti. Nada.
Tras acudir a tu entierro como persona
individual y única en el mundo, decides no dar señales de la vida
después de la vida, ese será tu tesoro más preciado.
Dejarás de amasar gente y ruido y
sumarás silencios y una aparente quietud, mientras todo tu mundo
fluye dentro a raudales y el mundo fluye fuera ruidoso.
Hay una soledad silenciosa que acaricia
como la brisa en una calurosa noche de verano, mostrándote con cada
ráfaga, que no es posible la soledad cuando cierras los ojos,
prestas atención a tu espalda y conectas con todo, como si
desplegaras unas alas que abarcaran el universo.
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