miércoles, 14 de mayo de 2014

¿Qué te gusta de ti?

Hace unos días, ante el “incesante optimismo” que me suele acompañar desde que tengo uso de razón, un amigo me dijo;
-dime algo de ti que te guste, tras pensarlo un rato le contesté
-¿mi oreja derecha?
-no, algo tuyo no físico, me replicó
Al momento sabía lo que no era físico y me gustaba de mí, pero es algo que solo se siente, algo para lo que todavía no he encontrado una palabra, algo que no se puede definir, solo sentir.
Tic tac, -demasiado tiempo en contestar, me dijo. Yo callé, como callo siempre en estas situaciones.
Si no tratáramos de ponerle una palabra a cada cosa, tal vez, hubiera entendido el significado de mi silencio.

Se que ignoro muchas cosas.
Para los intelectuales puedo pasar por una persona inculta y para los espirituales como una persona triste, con demasiadas sombras y fuera ¿del camino?. Pero aun así me siento una persona plenamente espiritual, aun sin conocer las religiones.
Creo que la gran memoria que he tenido hasta hace unos años ha sido en parte responsable de este modo de vida, tan a la vista y tan escondido.
Dicen que si quieres esconder algo de ojos ajenos, solo tienes que ponérselo delante. Lo tengo más que comprobado. Al final, solo encuentra el que realmente busca, y para el que realmente busca, no es tan costoso encontrar.

Mi gran memoria me ha permitido seguir siendo una niña durante toda mi vida, no olvidar esa forma de sentir, recordar tantos detalles de tantas cosas. El único problema es que de niña era una vieja, porque ya de niña recordaba tantas cosas de a saber qué persona... pero eso es otra historia.

Para explicar el mundo tal como lo entiendo voy a poner nombres, a mi manera, a las cosas y situaciones.

Por lo general me veo rodeada de ruido. Para mi el ruido son las personas, los coches, las casas, los comentarios, el asfalto, los relojes, las normas establecidas porque si, los juicios, los prejuicios. La gente y las cosas de la gente. Son como interferencias que me desconectan de lo que realmente me gusta de mi, que curiosamente es algo que no es mio, aunque soy yo, pertenece a todos o todos le pertenecemos.

No se si es hombre o mujer, dios o diosa, porque invade con dulzura femenina y atiza con brusquedad masculina, aunque generalmente la prefiero ella.

Dicen que las caídas tienen sus recompensas, que enseñan lecciones y yo como nací ya vieja, ya caída, viví con mi recompensa por adelantado, aunque a lo largo de los años me fui dejando arrastrar por el ruido.

Recuerdo muchas veces en mi vida esa sensación, pero recuerdo más especialmente una ocasión en la que el ruido me aplastó por completo y mi cabeza empezó a rumiar con la misma cabezonería de siempre la idea más oscura y recurrente, con la que he aprendido a vivir.

Iba paseando por una playa del sur, con todo mi ego hecho trizas. Era de noche y la luna llena brillaba en el horizonte de la playa. Lloraba y miraba el agua, recordando un poema de Bécquer.
Me sentía tan mal que pensaba que podía llegar a llorar toda ese agua y más, y tonta de mi, se lo contaba a la luna.

La tristeza se convirtió en rabia y la rabia en odio y noté como el corazón golpeaba con fuerza, entonces grité hacia dentro, sin hacer el menor ruido, como queriéndole gritar a la arena de la playa, al agua y a la luna para que me escucharan.
La casualidad quiso que en ese momento se levantara una pequeña brisa que parecía acariciarme la cara, no se por qué aquello me hizo sentir mejor.
Todo el ruido paró de repente. La brisa siguió acariciando mi cara, mi pelo, mi propio pelo acariciaba mi cara. El sonido de las olas era el único sonido que podía oír y la luna, testigo de todo ello parecía iluminar mi noche.
Entonces sentí que mi percepción del espacio cambiaba, era como si pudiera ver y sentir todo lo que me rodeaba, incluido lo que estaba a mi espalda. Era como mirarlo todo desde un sitio concreto, pero sentirlo desde todas partes. Noté que todo eso era una presencia, una presencia que lo abarcaba todo y al hacerme parte de ella me hacía sentir un amor indescriptible, incluso por mi misma. Tenía los sentido totalemente despiertos, la mente totalmente despierta, creo que podría haber volado con tan solo haberlo pensado. Seguí el paseo y al llegar a los sauces, estos mecieron también sus ramas acariciándome según pasaba entre ellos. ¡Dios!, era como si en mi desesperación hubiera dado un golpe en la tierra y ésta hubiera despertado de repente y me hubiera contestado.
¿Estaba haciendo el amor con la tierra?. Permanecí en esa especie de onanismo hasta que el ruido poco a poco,me devolvió a la conciencia de siempre

No ha sido la única vez que me ha pasado esto, aunque si es la que recuerdo con mayor intensidad.


En ese momento no pude contestar a mi amigo pero es que el tiempo que tarde en ponerle palabras a una cosa que al final quedará rebajada a eso, palabras, es solo más ruido, y muchas veces prefiero saltarme las normas. Pero si, hay cosas de mi que si que me gustan.

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